Del jardín repleto de orquídeas,
en el que mi locura perseguía a unos ojos verdes, me extrajo un grito. Me desperté
espantado. Del techo de mi habitación llovían golpes e insultos. Como un acto
reflejo, fruto del miedo, me cubrí la cabeza. Mi cuerpo tembló, devolviéndome a
mi infancia, pero sin poder demandar el auxilio de mamá como antaño. El
estruendo continuaba y agazapado, pude componer la situación. Me calmé. Los
vecinos nuevos, esa adorable pareja, eran
los causantes de la tormenta.
Puta, seguido de un sonoro
tortazo me llenó de ira, y sin medir las consecuencias, salí a la escalera. No
me extrañó helarme de frío con mi pijama de franela, aunque sí eché en falta la
soledad que sentí. Únicamente mi sombra y yo delante de esa puerta que nos
separaba de la violencia. Pulsé el timbre y el silencio sofocó el alboroto de
aquel piso. Creí que vendrían a abrirme, pero no fue así. Insistí, alzando la voz
e interesándome por la vecina, sin respuesta. Cuando bajaba las escaleras los
volví a oír. Esta vez, los ruidos eran
más furiosos. Entré en casa y llamé al 112 para advertirles. Les dejé mi
dirección y número de teléfono. Me senté junto a la ventana a esperarlos. Me
dio tiempo a fumarme tres cigarros y a prepararme dos tilas, mientras arriba
seguían destrozándose. Con el último sorbo, los vi llegar. Me llamaron a mí, en
vez de subir directos al foco del cisco. Me interrogaron para asegurarse de que
no sabía nada de la pareja, y me solicitaron que ascendiera con ellos las
escaleras. Los agentes lo hacían con tanta cautela, que sólo si estuviesen
siguiendo el compas de la banda sonora de “La Pantera Rosa” se entendería.
Cuando arribaron a su objetivo, se identificaron antes de picar en la morada
bulliciosa. Sorprendentemente, a ellos si le abrieron. Fue ella la que les recibió
y extrañada preguntó por su presencia. Yo ahí me bajé, no quería que me
descubrieran y regresé a la ventana a finiquitar mi paquete de tabaco. Por un
momento, volvió la calma propia de la noche y pude escuchar a los grillos
cantar.
Antes de despedirme hasta el día
siguiente, observé como los policías se marchaban como habían llegado, lentos y
en pareja. De los de arriba ni rastro hasta que, una vez en mi cama, desde el otro
lado se dirigieron a mí: “Fisgón, te vas a enterar” y comenzaron a taconear el
suelo dejándome en mitad de un seísmo de alta escala. Aterrado, agarre el
móvil, me volví a cubrir la cabeza y llamé a mi madre.
Como es eso de... "Ningún buen acto queda sin castigo" (no es exactamente así, pero a estas horas mi mente está dormida. Jejeje.
ResponderSuprimirNo me extraña que llamase a su madre, que miedo, vecinos!!!
Besos desde el aire Nicolás
Rosa, yo creo que recoges lo que se siembra, aunque en este caso los frutos no se corresponden a la cosecha. Llamar a mamá era el último recurso.
SuprimirBesoss
Siguiendo la línea trazada por Rosa, se me ocurre repetir aquello de "de buenas intenciones está empedraro el camino al infierno", Nicolás. O, como decía mi abuelo, "el comedido sale jodido".
ResponderSuprimirMe gusta este micro por la construcción de sus personajes, todos -policías incluidos-. Me gusta lo fácil que lo haces para deslizarse por la escena, lo real que resulta y la sonrisa que nos pega en el rostro y que va creciendo a medida que nos acercamos al final imaginando el desenlace.
El cierre, con la llamada a mamá, es antológico.
Enhorabuena. No sé cómo haces para crear tanto y tan bueno.
Pedro, de los dichos populares que comentas, me quedo con el de tu abuelo, me parece el más apropiado para este micro.
SuprimirEsta historia la tenía en la cabeza varios días y cuando eso sucede es mucho más fácil plasmarla. Me alegra que te haya arrancado una sonrisa, pues era uno de las metas de este relato.
No había otro cierre mejor, bueno sí. Que ahora se presente su madre en la casa de los vecinos y le monté un buen pollo.
Gracias, Pedro.
Un abrazo grande.
Cambia a tu prota de casa, múdale a un chalet rodeado de jardín, para que sus buenos instintos puedan seguir alerta sin peligro.
ResponderSuprimirUn abrazo Nicolás.
Paloma, sí algo así, pero incluso en comunidades donde los vecinos están dispersos surgen problemas. Es una suerte con mucha incertidumbre el tema de los vecinos.
SuprimirUn abrazo grande.
Ese final es de fábula, me le imagino perfectamente escondido entre las sábanas llamando a su madre...Genial... Además enlaza perfectamente con ese primer párrafo en el que nos hacemos una idea del personaje que recurre a mamá cuando se enfrenta a una situación conflictiva o delicada... algunos se acuerdan de Santa Bárbara sólo cuando llueve... Es un texto muy visual, de manera que es muy fácil imaginarse a esos policías, y a ese hombre con un miedo en el cuerpo atroz acompañando a los polis escaleras arriba.
ResponderSuprimirNicolás, eres una máquina.... dime el secreto para publicar todos los días siendo tus textos ultimamente más largos de lo habitual...
Un beso
Sigrid, jaja, yo también me lo imagino y me río, que me perdone el personaje. En eso tienes razón, a veces, sólo nos acordamos de quien nos protege en los peores momentos, nunca antes.
SuprimirMuchas gracias por tu comentario, animan que no veas. Sólo tengo una buena ola y trato de aprovecharla, nada más, ya me llegará mis vacas flacas.
Un beso grande.
este tete me gusta mucho tienes qe escribir muchos asiiiii
ResponderSuprimirSanti, gracias. Así me gusta que los leas.
SuprimirUn beso grande.
Absolutamente creíble y natural como se va desarrollando esta historia y los personajes en ella.
ResponderSuprimirCada vez compruebo más que el talento va más allá de la forma; sales airoso-maestro de estas entradas un poco más largas y descriptivas (me encanta esta tregua, desde su comienzo).
Viendo la situación lo más probable era que sucediera lo que sucedió pero lo has escrito tan excelente que aún así el lector no se despega del texto y el final con él metido en la cama y llamando a la madre le da a la historia una maravillosa libertad, además de un cierre redondo.
Felicitaciones Nicolás!
Ser tan bueno y tan prolífico no es una cosa de todos los días.
Un enorme abrazo hasta Valencia (estos días muy triste imagino).
Juan, muchas gracias por tu comentario. Además de sonrojarme, me alegra.
SuprimirCreo que no había mejor final posible, y vino solo, pues era de lo poco que improvise cuando lo escribí.
No lo es, pero ahora, como digo, tengo tiempo y una buena onda cuando escribo, y me lo paso bien haciéndolo.
Un enorme abrazo.
PD: En Valencia por los altercados de las últimas fechas, pero creo que es universal lo que pretenden hacer con nosotros. Que vayamos perdiendo derechos y que la división de clases sea cada vez más ancha. Y todo esto no es política, si no hechos.
Uf, muy bueno! Da mucho que pensar ¿qué hacer ante una situación así? pues yo, como el protagonista prefiero llamar a mamá al final que quedarme quieta.
ResponderSuprimirUn abrazo
Anita, muchas gracias. Yo creo que una de las tres opciones que plantea el relato. La mejor llamar rápidamente al 112, pues las otras dos son peligrosas. Por acción u omisión.
SuprimirUn abrazo grande.
Nicolas, no hace mucho tiempo tuve que aguantar unos vecinos broncas. Ahora parece que se los he tragado la tierra pero estoy esperando que los escupa y volvamos a empezar. Tu micro ha sido una catarsis.
ResponderSuprimirAdivin, debe ser una tortura padecer unos vecinos como los que indicas. No queda otra que armarse de paciencia y denunciarlos cada vez que molesten.
SuprimirSuerte con ellos.
Un abrazo grande.
Una historia muy creíble. Debo decir que a unos amigos míos les ocurrió algo similar pues ya se sabe que en ocasiones la realidad nos da una patada en la entrada del estómago. Me gustó la lenta espera y el vals de la Pantera Rosa de la policía subiendo las escaleras. El cierre es un broche de oro al relato.
ResponderSuprimirUn abrazo
Xesc, es una historia ficticia pero inspirada en la realidad. Por desgracia, sucesos como éste nos rodean. Esa imagen de los policias asustados y subiendo con los acordes de la música, es muy cómica.
SuprimirGracias por comentar, un abrazo grande.
Muy buena la historia, bien hilada. Peeeeeero, si me permites una pregunta, hay una frase que me choca un poco. "Creí que vendrían abrirme, pero no fue así." ¿No tendría que ir un a después de vendrían?
ResponderSuprimirAbrazos tiquismiquis, jeje.
Su, muchas gracias. Te lo permito por ser tú, eh. :)p
SuprimirGracias por la indicación, ya cambié lo que me comentaste.
Bessets.
Un micro que te engancha desde el principio y te lleva hasta ese final inesperado y genial :-)
ResponderSuprimirAplausos, Nicolás.
Un abrazo.
MJ, muchas gracias. Me alegra que te gustase. La verdad es que disfruté mucho escribiéndolo.
SuprimirA ti los aplausos, Artista.
Un abrazo fuerte.
Como comparto de pleno lo dicho por los comentaristas, sólo añadiré que me encantan tus entradas de cada jueves (el resto también, ¿eh?Pero La Tregua tiene un aire distinto.
ResponderSuprimirUn abrazo, Nicolás.
CDG, muchas gracias. Me alegro que así sea. Me alegra el corazón de escritor leer tus palabras.
SuprimirUn fuerte abrazo, crack.
Me gustan mucho estos registros más largos, Nicolás, se disfrutan porque los haces muy visuales. Esos polis y ese pobre hombre tan atemorizado, me encanta ese final.
ResponderSuprimirBesitoss
Elysa, dan miedo extender los relatos, pues alejan a los lectores de blog. Pero, a veces es imposible talar la historia. Muchas gracias Ely.
SuprimirBessets.
Las madres siempre tienen solución para todo. Normal que tu escogiese esa opción. Besos
ResponderSuprimirMaite, sí, toda la vida y en cualquier situación. Lo que no haga una madre por su hijo.
SuprimirBesos.
La próxima vez se matarán, seguro...
ResponderSuprimirBuen micro, Nicolás.
Besis,
Zarza, esperemos que no. Otra victima de la violencia de genero, ni en ficción. Aunque por desgracia, no depende de nosotros.
ResponderSuprimirBessets.