Paola ha tenido un niño. El
sábado me llamó su madre para comunicármelo y trasladé la noticia a nuestras
amistades comunes. Como es lógico, propusieron visitarla al hospital. Yo en un
principio me negué, pues las veces que he acudido a ellos me han hecho esperar
lo indecible o ha sido por sucesos lamentables, como era Paola no me podía
negar. Ella es una de mis mejores amigas.
Recuerdo que nos conocimos en el
instituto y desde un primer momento me enamoró su melena rubia, sus ojos azules
y ese cuerpo que tan bien conjuntaba con cualquier prenda. Estuve, todo el segundo año, loco por sus
huesos hasta que en la fiesta de fin de curso me bebí media botella de
vodka y borracho me declaré. Ella no me
entendió, aunque se encargó de acercarme a casa y llamar a mis padres para que
me recogieran. Desde entonces, nos volvimos inseparables. No como yo hubiese
querido, pero bueno, compartimos inolvidables momentos. Luego la universidad
nos separó.
A los veintidós años cambió
radicalmente, se dejó ir. Engordó considerablemente, se le formó una cara de
mal genio perpetuo e incluso perdió su voz melosa. Yo se lo achaco a que
estudió psicología, aunque no puedo demostrarlo científicamente. Se marchó a
vivir a Madrid, conoció a un chico de Pamplona y vivieron juntos tres años. Lo
dejaron y para olvidarlo se trasladó a San Sebastián, como se puede entender,
no lo consiguió nunca y la crisis la devolvió a casa de sus padres. Desde
entonces, su única obsesión: ser madre. Como debía ser de inmediato y no
disponía de pareja, en un primer momento me lo propuso a mí. A punto estuve de
aceptar, pero cuando supe el nombre que deseaba colocarle al niño —Valentín— me
negué. Tres amigos más le contestaron lo mismo. Así que recurrió a un banco de
esperma, al que yo le acompañé. Y cuando se quedó encinta, que no fue a la
primera como la gente puede creer, ya no me separé de ella. Juntos acudíamos al
ginecólogo, satisfacía sus antojos por muy disparatados que fueran y la ayudé a
montar la habitación del bebé. Las últimas semanas dejamos de vernos pues el
trabajo me ha absorbido todo el tiempo y mi gripe desaconsejaba las visitas.
Cuando nos vio entrar en la
habitación, arrancó a llorar y no pudimos detenerla. Algunos al reparar en el
bebé pensaron que no era de alegría su llanto. El pobrecito se asemejaba a la
cría de un chimpancé. Pero es que todos los niños al nacer son así — les dije
luego. Eso o que en el centro de
fertilidad admiten a cualquiera. Yo, la abracé bien fuerte y me ofrecí, como
siempre, para lo que dispusiera.
Achacarle el mal humor por haber estudiado psicología.. qué bueno!
ResponderSuprimirMei Morán, no está demostrado científicamente, que no se me enfade ninguna psicóloga, jaja.
SuprimirUn abrazo.
Que historia más triste para todos, no sé, son todos un poco tontos o qué, él, ella, las explicaciones que da él sobr ella, tienen un lío increíble y no, no me parezca que la cosa vaya a mejorar en absoluto.
ResponderSuprimirMenudos personajes menudos.
Luisa, es la vida que a veces se presenta de esta forma. Ni mejor ni peor.
SuprimirPuede que sean menudos, en eso no te diré que no.
Besos.
Es que ir a ponerle Valentín, ya le vale, ya.
ResponderSuprimirEso echaría para atrás a cualquiera.
Muy bueno, Nico.
Bessets.
Zarza, no conozco a ningún Valentín, pero que conste que no tengo nada en contra de ese nombre, sólo es ficción.
SuprimirBessets.
Triste historia la de Paola. Tenía el mundo a sus pies y no lo supo aprovechar. Y es lo que tiene estudiar Psicología, que te trastorna ¡jeje!
ResponderSuprimirMuy bueno, Nicolás.
Un abrazo.
MJ, los vaivenes de la vida, que un día te encuentras arriba y al día siguiente bajas. Lo de psicología puede ser...
SuprimirUn abrazo, Artista.
Es bueno contar con amigos así...
ResponderSuprimirBesos desde el aire
Rosa, sí. Es una historia como has visto de amistad incondicional, un poco extrema, pero lo es.
SuprimirBesoss
A veces deseamos tanto una cosa que cuando la conseguimos nos decepciona totalmente. En el término medio está la virtud. Podía haber comprado un perro. Hizo bien en negarse a ser el padre, no se atrae un hijo al mundo por capricho. Un abrazo.
ResponderSuprimirMar, eso desde luego. A veces perseguimos la felicidad sin darnos cuenta que igual la tenemos al lado. El niño será guapo seguro, pues los recién nacidos es cierto que no son agradables de ver muchos de ellos. Luego son un primor.
SuprimirUn abrazo fuerte.
Estoy con Mar, tanto desear un hijo y luego a llorar, feo o no es su hijo y hay que pensar con mucho cuidado el nombre que se le da, yo creo que influye. En fin una historia complicada, aunque el tipo es buena gente, eso sí.
ResponderSuprimirBesitos
Elysa, no sabemos porque llora, pero lo del hijo tiene solución. Lo del nombre tienes razón, marca. No es lo mismo Ambrosio que Demetrio o Borja...
SuprimirMuy buena gente, eso se ve a leguas.
Bessets.
¡Cómo me gusta como escribes, jodío!
ResponderSuprimirEste relato es una gozada en todos sus vértices, Nicolás. De principio a fin. Buen fuelle argumental, tono ajustadísimo, y prosa elegida con acierto en la busqueda del efecto deseado.
Una joyita.
Abrazos, Don Nicolás.
Pedro, jaja. A mí también como lo haces tú, la pena es que te espacies tanto en el tiempo. Pero igual así lo saboreamos mejor.
SuprimirMuchas gracias.
Abrazos fuertes.
Nicolás, como esta historia seguro que hay varias que conocemos de forma real, no con un hijo de por medio, pero sí en su primera parte : cuando te enamoras de quien no te ve, y te haces su amigo/a inseparable hasta que los rumbos se distancian.
ResponderSuprimirConozco a una persona que lloró amargamente al ver a su bebé. Era tan feo como el que tú describes.... y lo curioso es que no se parecía en nada al padre....
Me ha encantado y lo he leído de carrerilla (buen síntoma, cuando se incita a la lectura de continuo).
Un abrazo.
Laura, sin duda alguna. La realidad supera la ficción. Ese hecho ha pasado, pasa y pasará, pues los seres humanos somos así. A veces si triunfa la perseverancia.
SuprimirMe imagino el desconsuelo inicial, pero bueno... se suele decir que a los hijos se les quiere y se les oculta sus defectos por grandes que sean.
Me alegra eso.
Un abrazo fuerte.
Se lee tu relato como si nos los contaras en la barra de un bar sin prisa. Dan ganas de saber más de tu amiga Paola, de cómo le va a su hijo, de si le ayudará de verdad el autor del diario...
ResponderSuprimirUn abrazo.
CDG, muchas gracias, quizás si hubieses venido a Madrid te podría haber invitado a cañas y contarte esta historia. A la próxima.
SuprimirUn abrazo, crack.
Ya nada es lo que era ¡ni los Bancos de Esperma! Buen relato, buen ritmo y buen gancho.
ResponderSuprimirUn abrazo, Escritor.
Esperanza, los bancos de esperma son una fuente de negocio importante, aunque también digo que cumplen una función social impagable.
SuprimirMuchas gracias.
Un abrazo, Escritora.
La prosa te quiere Nicolás; y como no lo va hacer si la tratas con tanto talento. Ofreciéndole al lector risa, reflexión, surrealismo,,, y como si fuera poco puertas para entrar y salir a las distintas vertientes del relato.
ResponderSuprimirEl amor sin nombres típicos -más allá de "Valentín"- que no deja de ser amor; el compromiso, la soledad, los relojes biológicos, los encuentros desencontrados. Todo bajo esta prosa magistral.
Antológico.
Abrazo escritor.
Juan, me impresionan tus palabras y me dejan a mí sin ellas. Ya sabes el afecto que te tengo.
SuprimirUn abrazo fuerte para Río Negro.